✝️ Mi testimonio

El relato de mi conversión y mi vocación sacerdotal

Nací en una familia cristiana que me transmitió los contenidos de la fe, aunque yo nunca aprendí a vivir de verdad la relación con Dios. Iba a misa los domingos con mis padres y rezaba el rosario en casa, pero crecí actuando como si Dios no existiera. No me lo planteaba siquiera. Simplemente no formaba parte de mi vida.

A los trece y catorce años atravesé dos años oscuros. Me juntaba con un grupo de amigos con los que hacía el mal por el simple gusto de hacerlo, y cada vez pasaba menos tiempo en casa. Mis padres veían cómo me alejaba, discutíamos, y yo les ocultaba buena parte de lo que hacía. Hoy imagino las noches que habrá pasado mi madre rezando por mí. Con catorce años entré en el instituto y las cosas empeoraron todavía más: amonestaciones, una expulsión que rocé por poco, y las primeras asignaturas suspendidas de mi vida.

Un año, casi por casualidad, volví a apuntarme al campamento de verano de mi parroquia, buscando sobre todo escapar de mi ambiente y de mi propia tristeza. Allí encontré a gente distinta, amigos de verdad, y también a una chica con la que empecé una relación distinta a todo lo anterior. Dejé aquel grupo que tanto daño me hacía. Con el tiempo he sabido cómo acabaron algunos de esos antiguos amigos, y entiendo por qué Dios quiso apartarme de ese camino a tiempo.

Aquel septiembre, solo en casa mientras mis nuevos amigos seguían de vacaciones, cogí sin mucho propósito el libro de Religión del instituto. Un cómic sobre la vida de san Agustín me enganchó, y cuanto más leía más me reconocía en él: alguien que había crecido sin fe y que sentía crecer dentro un vacío insoportable. Como Agustín, yo llevaba ese mismo vacío. Una tarde de aquel 12 de septiembre de 1998, leyendo su historia y escuchando una canción, con lágrimas en los ojos, todo se rompió por dentro. Sentí a Dios tan presente que casi podía tocarlo. Fue una certeza que me atravesó entero y que no me ha abandonado desde entonces.

En ese mismo instante, antes incluso de que llegara aquella inundación de amor, escuché algo dentro de mí que no era una voz humana pero que era más real que cualquier palabra oída con los oídos: «ser sacerdote». Me asusté. Intenté descartarlo: yo amaba a Dios, pero lo de ser sacerdote nunca había pasado por mi cabeza, y además tenía novia. Decidí dejarlo estar. Pero la inquietud no se fue. Al día siguiente recibí, sin buscarlo, una carta de un sacerdote amigo de mi familia con un folleto sobre la vida consagrada. Fueron llegando más «indirectas» de ese tipo, con la delicadeza con la que Dios respeta la libertad de cada uno, y poco a poco entendí que si Dios me pedía entregarle todo, no podía decirle que no. Empecé a repetir cada noche la misma oración: Señor, dime qué quieres de mí, mi voluntad es cumplir la tuya.

No hablé de este proceso con nadie. Mis padres notaban el cambio en mi vida sin que yo se lo contara. Fue un camino silencioso, casi solo entre Dios y yo, hasta que la inquietud terminó de convertirse en certeza. Comenté algo de todo esto a mi catequista, que era seminarista, y él me apuntó enseguida a una convivencia de la Delegación de Pastoral Vocacional de Madrid. Fui después a la convivencia de Semana Santa del Seminario Menor, y al año siguiente entré en él. Se lo dije a todo el mundo. Más tarde entré en el Seminario Mayor, y el 3 de mayo de 2008, casi diez años después de aquella tarde de septiembre, fui ordenado sacerdote.

Desde entonces ha habido luces y sombras, momentos buenos y también crisis, pero Dios ha estado siempre presente, sosteniéndome. Hoy sigo fiándome de él y de su llamada, y quiero seguir respondiendo con la entrega de mi vida como sacerdote. Señor, concédeme ser siempre fiel, a pesar de mi debilidad.

Testimonio original publicado en cuatro partes en Jóvenes Católicos, junio de 2019: parte I, parte II, parte III y parte IV.